El acto de fumar

Acercó la llama del mechero a la punta del cigarro y la boquilla a sus labios, aspiró un par de veces hasta que quedó prendido. Dio una calada larga, de las suyas: primero guardaba el humo en la boca, luego lo tragaba. Sentada en el borde de la ventana abierta, tal vez buscando el aire fresco que ella misma se negaba. Todos nos contradecimos. No había nadie en la calle a esa hora, sólo el humo que dejaba escapar poco a poco y que subía al infinito mientras la lluvia bajaba al mundo sin prisa, como sabiendo que le quedaba todo el otoño y todo el invierno por delante para mojar la ciudad. No necesitaba cerrar los ojos para pensar en otra realidad, quizá más justa, quizá más libre. Las caladas se sucedían, una tras otra, sin prisa tampoco: tenía toda la noche y toda la vida para fumar.  También para cambiar el mundo, al menos el suyo aunque no supiese bien dónde estaba. No importaba mucho, en todas partes sobraban problemas y faltaban personas como ella.

Apuró la última calada con cuidado, el filtro le había quedado un poco suelto aquella vez. Aplastó la colilla en el cenicero semilleno, que se partió en mil cenizas rojas. Las persiguió con la boquilla entre dos dedos, y cada vez que apagaba una saltaban varios puntos de fuego que volvía a aplastar con cuidado, casi con cariño de la determinación que tenía. Hasta que no quedó del todo apagado no levantó la vista. Respiró profundo el aire frío, dejó que bañase su cara, sus brazos, sus piernas aún desnudas en el que sería el último pantalón de pijama corto del año.

 

Quién necesitaba tabaco mientras aún se pudiese fumar.

 

 

Para Carlo, la niña más valiente de este mundo. A por todo!!

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Son mis piernas las que me mueven, soy yo la que avanzo entre el viento. Las piedras quemadas marcan la planta de mis pies descalzos, suelo negro contra cielo morado. El mar está oscuro, hay rayos de luz dorada que se escurren por el acantilado. La mandíbula apretada, fuerte, no tengo miedo pero respiro asustada. Brazos abiertos a los lados, el aire con espuma se cuela entre mis dedos. El sol, más que viejo amigo, resbala por mi pecho. Siento todo aunque no sea nada.

Abajo, mucho más abajo rompen las olas, y desgarrándose me desgarran. Casi veo el viento empujándolas, como si el aire tuviese la velocidad contrastada. A lo alto corren las nubes de tormenta, de fantasía, más azules que negras, como si el color del mar lo copiasen ellas. Y yo en medio soy pequeña, un grano de arena, no soy nada, pero no hay quien tuerza mis pisadas. Respiro hondo una última vez, el aire salado se pega a mis pulmones.

Salto.

Oigo mi grito como ajeno, el mar cae hacia mí y el cielo le espera abajo, rápido, el viento me silva entre el pelo, más rápido, se me acerca el horizonte, más… Freno de golpe, frío.

Mi grito se convierte en burbujas, cierro la boca pero no los ojos, es todo azul, y aunque los sonidos se transmitan mejor en el agua no escucho las olas, no estamos hechos para percibir ciertas cosas. Me sigo hundiendo, lenta, hasta que la gravedad desaparece y floto en el fondo. Sin movimiento, sin esfuerzo, sin lucha, sólo yo y la marea.

Hasta que los pulmones digan basta.

 

26/09/13

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Huye

a donde todo sea blanco

y la tierra brille tanto

que no puedas ni mirar.

Corre lento

que sabes

que no puedes avanzar.

No hay sabio, ni abuela

ni brujo de la aldea

que te guíe esta vez.

Estás solo y caminas

rompiendo la neblina

sin saber muy bien qué ves.

Al fondo, la montaña,

tan alta tu cima

que no la puedes ver.

No sabes qué buscas

ni qué encontrarás,

sólo que allá arriba

tal vez lo sabrás:

cuando estés en la nada,

pisando nieve nueva

que nunca ha sido pisada,

cuando no exista ni tu mirada

entonces lo entenderás.

Huye, corre, camina,

da un paso más.

Persigue a los dioses

a su refugio de plata

que hasta a ellos les cuesta avanzar.

Ya no hay ángeles ni curanderos,

también ellos buscan su lugar

entre los copos de viento.

En realidad

huyen de nosotros

porque tienen miedo.

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No queremos ser libres

No importa lo que hagas, si al final un poco libres se supone que seremos aunque no hayamos hecho nada para merecerlo. Nos cae la lluvia encima sin que podamos elegirlo, pero tenemos la opción de abrir un paraguas que no tenemos ni idea de quién inventó. También podríamos llevarlo en la mano cerrado, mojándonos, pero no se nos suele pasar esa idea por la cabeza (preferimos tenerla bien seca). A alguien se le podría ocurrir algo mejor, pero nos conformamos con los paraguas que el viento se lleva. Y a casi ninguno de nosotros le dará por simplemente sonreírle a la lluvia al darse cuenta que sin ella estaríamos muertos.

Hacemos todos lo mismo, pero aún así somos libres aunque no lo queramos. A veces es más fácil no tener que elegir, porque tomar decisiones da miedo. Desperdiciamos nuestro poder de elección muy a la ligera, y con esto quiero decir que ni siquiera nos damos cuenta de ello: nadie es consciente de que al no tomar una decisión realmente estamos tomando la contraria, aunque creamos que simplemente estamos “no haciendo nada”. Es más fácil dejar que las cosas sigan su curso porque no supone una acción premeditada y consciente, como sería llevar la contraria a lo preestablecido. Pero muchas veces deberíamos plantearnos qué haríamos si no hubiera una opción por defecto, preestablecida, si la base fuese cero: ¿realmente nuestras decisiones serían las mismas?

Ejemplo tonto: ese pequeño roto del pantalón. La primera vez que lo ves piensas “tengo que arreglarlo para que no se agrande”, pero cuando llegas a casa te distrae lo de siempre: hacer la cena, luego recoger, conversaciones por aquí y por allá… Y ya es tan tarde que te vas a dormir. Al día siguiente ves el pantalón y recuerdas que no lo has arreglado, pero como no tienes tiempo te lo pones igual. Corriendo para coger el metro se destripa un poco más.  Y por la noche, por mucho que te lo recuerdas, no encuentras un hueco. Unos días más tarde vuelves a verlo, ya con el agujero algo más grande, y con fastidio piensas que aún lo tienes pendiente. Así pasan las semanas y hasta un mes y pico, hasta que el pantalón está para el arrastre. Y tienes que comprarte otro, cabreado por la mala suerte, porque tú querías arreglarlo.

¿Mala suerte? ¿En serio? Tenemos que empezar a asumir las consecuencias de lo que hacemos, pero sobre todo de lo que no hacemos, como si hubiéramos decidido no hacerlo. Es fácil hacernos responsables de nuestras elecciones, porque para algo son nuestras y, al menos, las hemos pensado un mínimo. Pero cada vez que dejamos de hacer algo, por pereza, por miedo, simplemente porque no nos apetece, deberíamos planteárnoslo como una elección voluntaria.

Seguramente, si una noche, cansado, te preguntasen “¿quieres arreglar ahora tu pantalón?” dirías que no. Pero si la pregunta fuese “¿quieres no arreglar tu pantalón hasta que sea demasiado tarde y tengas que tirarlo?” probablemente te pondrías a hacerlo en el momento.

Deberíamos aplicar la misma regla a todo para llenarnos de valor: la pregunta no es si estás dispuesto a cambiar (todos sabemos que eso cuesta mucho trabajo), la pregunta realmente es si estás dispuesto a que todo siga igual. Sólo de esa manera nos daremos cuenta de que no cambiar cuesta mucho, mucho más, cuando las cosas van mal. Y si todo está bien, servirá para confirmarlo.

Es hora de ponerlo todo en duda, continuamente. Sólo así cada uno de nosotros llegará a su verdad, aunque sea para volver a cuestionarla más tarde.

Ya somos mayorcitos: tengamos el valor de replantear, de buscar opciones, de decidir. De ser libres.

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Terezin

Tus ojos rojos lloran nieve para consolarte del frío. Los copos se cuelan entre las espinas de ese alambre que no te deja vivir, caen y se clavan y eres tú quien siente su dolor, y es tan grande que ya ni sabes de dónde viene. Si es el no comer, si es la infección que asalta cada vez más rápido, si es por trabajar de amanecer a anochecer sin casi tener tiempo para respirar ese aire helado que se te clava en los pulmones también por la noche, cuando intentas dormir junto a noventa almas como la tuya, si es el olor a suciedad y miedo, no lo sabe ni el comandante. Por cada kilo que te cargan a la espalda tu cuerpo pierde otro, ya apenas te queda un esqueleto quebradizo para huir con él hacia el horizonte blanco que tapan los muros, porque dentro hasta la nieve es negra. Hace ya demasiado perdiste la cuenta de los momentos felices de tus hijos que no podrás ver: no sabes dónde están, no sabes si están, incluso su fantasma es menos real que el del hambre.

Por eso deja que tus ojos lloren nieve por ti, que ya no tienes fuerzas. Mañana tal vez seas tan delgado que una brisa se te llevará por encima de los ladrillos, del alambre de espino, de los tablones que tienes por cama.

Mañana tal vez seas libre, con el frío, con la muerte.

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