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Quijote moderno
Lee rápido, casi con rabia. No por placer, sino por terminar ya los muchos libros que tiene a medias. Por cerrar capítulo, poner punto y final, pasar página o cualquiera de esas metáforas que no tienen gracia ya.
La diferencia entre lo escrito y lo leído es que al pintar una nueva palabra detrás de la anterior queda una marca para siempre, pero al leer no queda señal ninguna, no permanece prueba que permita decir que esas frases fueron leídas. En todo caso, un libro más manoseado, pero la tinta de las ideas no se gasta.
Y ella leía con tanta fuerza que las hojas casi salían de sus manos arrugadas por su fuerte mirada, pero aun así no quedaba en su mente, en su cuerpo, la más mínima marca de haber leído. Devoraba libro tras libro, sin lograr saciar su hambre voraz, que realmente no era más que vicio enfermizo al picoteo. Y lo mismo pasaba de capítulos sueltos de Márquez a un ensayo sobre la libertad, pasando por novelas inéditas de algún conocido desconocido (también cayó más de una novela barata de bolsillo y algunos cuentos de Poe, pero estos últimos sólo los confesaba a quien sabía que compartiría el gusto con ella). A alas horas de la madrugada, sin que nadie la viese, se levantaba, iba a la estantería y paseaba su ansiosa mirada por los lomos indiferentes en busca de lo que más le apeteciese. Y aunque había días en que su mirada parecía llevar un cartel de “se aceptan sugerencias”, otras veces sus dedos ansiosos, directos, sabían bien lo que buscaban cuando tanteaban para encontrar la antología de Machado.
Al principio era sólo antes de irse a dormir, luego pasó a ser “en vez de”. Para compensar la falta de sueño nocturno empezó a echarse largas siestas que su cuerpo le reclamaba, siempre precedidas de un momento de lectura. Poco a poco se fue expandiendo sin que se diese cuenta: en el baño, mientras comía, durante el necesario café de media mañana, en el metro y mientras esperaba a que hirviese el agua para la receta de turno (probablemente pasta, aunque sólo mientras continuó cocinando). Llegó un momento en el que empezó a pedir comida china a domicilio para poder pasar más tiempo entre libros. Leía a una velocidad tal que pronto dejó incluso de llamar al restaurante, y el dinero que se ahorró en alimentación lo gastó en un servicio de libros a domicilio. Y así llegó a no alimentarse más que de las palabras que sus ojos tragaban sin masticar, provocándole un grave empache mental y la pérdida de unos cuantos kilos.
Fue una vieja amiga la que supo diagnosticar su indigestión espiritual, causada por algún virus probablemente conocido pero contra el que no existe vacuna ni remedio a corto plazo.
Invierno
En algunos árboles quedaban algunas hojas que aún le hacían huelga al invierno. Las demás se habían rendido al poder tiránico del frío. Pero algunas aún se resistían a las feroces embestidas del viento. Aquél era uno de esos detalles en los que sólo te fijabas si él estaba allí para hacértelo evidente de esa manera suya, tan peculiar. “Mira, aquellas hojas todavía le hacen huelga al invierno”. Cualquier otro, de haberlo visto, hubiera soltado un “Qué raro, no se han caído todavía…”. Pero era él.
Era la clase de persona con la que no sabías cuánto tiempo habías pasado, porque si no estabais juntos ocupaba tus pensamientos continuamente. Así que, de no ser por algunos esbozos aleatorios elegidos por tu mente, como el de las hojas, tampoco recordarías la época del año que viviste con él. En realidad, no tienes muy claro ya qué es más real: si la bruma de aquel invierno o la suya propia. Nunca lo sabrás.
Tampoco puedes decir del todo convencida que en aquel momento le quisieses. No como él te amaba a ti, no con los puños más apretados que la garganta encogida de dolor sin que lo supieses, cada vez que te ibas de su lado. Te fascinaba, tal vez por ser él, tal vez porque te amaba de aquella manera.
Inevitablemente te fascinaba, te cegaba incluso con sus destartaladas y mágicas ideas sobre el universo, como cuando te decía que en realidad la noche era toda brillo de diamante, pero algún dios (a veces era Zeus, otras Buda, pero casi siempre se inventaba algún nombre) no quería que lo viéramos porque temía que la codicia nos llevara a lanzarnos al fin del mundo con pico y pala para arañarle luz al cielo. Así que nos cubrió con una sabana negra sin darse cuenta de que estaba llena de agujeros por donde se colaba el frío brillo. Entonces, durante unos momentos, ambos contemplabais las estrellas en silencio hasta que le preguntabas, divertida, cómo continuaba la historia. El dios, para evitar que los mortales llegásemos al tesoro que ya veíamos, separó con cuidado los bordes de la Tierra de la cúpula de diamantes, curvándola poco a poco hasta juntar todos los extremos. “Y por codicia vivimos en una canica rodeada de oscuridad”.
Cuando le preguntabas por la luna, o qué pasaba de día, su mundo se tambaleaba. No porque no creyeses sus historias o porque sus fantasías no fueran suficientes para ti o porque no sabía qué más hacer para convencerte, sino porque aquél era literalmente su mundo y el único hilo del que pendía eras tú. Claro que no lo hacías conscientemente. Y es cierto que tú también dependías de la tangible irrealidad de las historias repetidas, como doble dosis de anestesia. Pero te cuesta saber si entonces sentías algo más que la adicción a su calmante.
Y ahora eres consciente de que le amas, aunque no puedas recordar el tacto de una sola de sus caricias. Ahora sin duda aceptarías que tu médula es lo mismo que la suya, la sacarías de tu cuerpo por innecesaria al estar juntos y, con los huesos vacíos como pájaros, volarías con él hasta donde el aire se convierte en cristales de arco iris líquido. Pero ahora él no está. Es muy poco más lo que puedes asegurar. Nada, de hecho.
Nada.
No recuerdo qué tocaba el violín, qué notas componía el arco helado. Sé que sonaba a banda sonora de un París triste, casi a acordeón de lo desafinado que estaba. Y no parecía salir de ninguna parte, hasta que veías aquellos escasos pelos blancos sobre un rostro que casi chirriaba más que la música. Llegó de improviso, como si el arquitecto de aquella esquina hubiera visto en el último momento que yo iba a pasar por ahí con mis casi ganas de llorar y hubiera decidido combinarme con algo No es bueno que queden cabos sueltos, al fin y al cabo.
Y con las mismas, al ritmo de mis pedaleadas inconstantes, se apagó. Sin darme la oportunidad de conmoverme, como nube que se va sin llover, como tren que no para en la estación. Otros dirán que yo pasé de largo, pero lo cierto es que la música dejó de llegar a mis oídos.
Seguía haciendo un frío doloroso. Por eso sé que no fui yo la que se fue.
Alcohol
y olvidar
que ya nada volverá a ser igual.
Pero nada, nada
cambiará.
No necesitas
otra copa
de culpabilidad
ni ahogarte en olas
de falsa alegría
y un mal despertar.
Porque algún día
volverás al mar
y nada, nada
cambiará.
Parece que me digas adiós
al separar tus manos de la mía
pero conociéndote, te conozco
y sé
que te quedarías.
Te quedarías para quedar
y tomarnos un café otro día
o incluso esperar a que vuelva
el verano
con sus mordiscos de sandía.
Sandía fresca y sol en la arena
y dos vasos fríos, fríos de sangría
para no pensar que se va
rápida
la dosis de alegría.
Alegría o tristeza, qué importará
si al final son la misma tontería
que juegan a juntarnos para dejarnos
solos
con la melancolía.
Corazón (II)
(Recomiendo leer antes el poema anterior, que es el primero cronologicamente hablando)
No hace ni dos días
latías
como yo.
Desnudo, luchabas
por unos latidos de tregua
con fuerza
desgarrada.
No escuché tu nombre
ni vi tu rostro
ni yo ni nadie
te conoce
entre seis mil millones.
Tu pasado ya no existe,
te fundiste
como cualquier bombilla
en la peor pesadilla:
el hierro
se hace cristal,
se parte en pedazos
como migas de pan
pero sigues siendo
algo, ya no un latido
ni suspiro
ni respiro
sino lo que todos llevamos
dentro: que somos lo mismo
y tú
no hace ni dos días
latías
como yo.
Corazón
El mundo late
bajo tu pecho, magma rojo
que a la mínima fisura se desparrama
de esa bomba
de ti
que se encoge y se agranda
al ritmo de tu vida,
o tu vida a su ritmo,
o tal vez sea lo mismo.
Que somos iguales,
de fuertes y de débiles,
que el mundo tiene arritmia
sin remedio,
que desnudos somos más humanos,
más cercanos,
y un policía sin uniforme no tiene autoridad.
Que son barreras
para encarcelar la humanidad
escasa,
la poca que nos queda,
en el mercado la truecan por cuatro monedas
que no son ni de plata.
Que he visto tu sangre tiritar
cuando yo tenía frío,
has cambiado tu dolor por el mío,
ha llovido.
Que mientras disparan,
mientras echan de casa a una embarazada,
mientras roban y callan,
laten
miles de millones, un solo
corazón.
Que somos la máquina más perfecta
y al mismo tiempo
la más perversa.

